sábado, 5 de enero de 2013

Las diversas fuentes de Poesía

Estos días venía pensando en la poesía, pero no en la que se presenta como tal, que puede llegar a ser todo lo admirable que es, sino en aquella que encuentro en las distintas formas de arte. Siempre me ha llamado la atención mucho más este tipo de poesía: la que encuentro en una novela o un cuento, en el cine, en las historietas, en las canciones... quizás por lo inesperado, lo repentino, del mensaje poético.


Me fascina, por ejemplo, la poesía que encuentro en la Literatura y en los libros. La que hallo en una novela como “Delirio”, de Laura Restrepo, en el gran amor que le profesa Aguilar a Agustina, su mujer, quien se extravió en medio de la locura y que él desesperadamente intenta traer de “regreso”. La poesía que hallo en “Los largos años” y “El marciano”, relatos del maravilloso libro “Crónicas Marcianas” de Ray Bradbury, quien, sin que uno sepa cómo, deja en el lector una nostalgia tan grande que no cabe ni en la tierra ni en el espacio exterior. Y la poesía que encuentro en Farenheit 451, también de Bradbury, en donde los libros ya no son grabados más con tinta sobre papel, sino con sangre que corre a través de las venas de personas que, ante la prohibición de un estado totalitario de reproducir libros (la lectura, teme ese estado totalitario, lleva a la reflexión y ésta, finalmente, al cuestionamiento del sistema), decidieron preservar las grandes obras de la literatura memorizándolas. Así, los libros respiran, caminan, hablan y huyen para salvarse. Me deleita, asimismo, la poesía que leo en la descripción pincelada y copiosa del llover de “El Anatomista” de Federico Andahazi, quien nos pinta, gota a gota, el escenario lluvioso que rodea a Mateo Colón, protagonista de esta gran novela, quien descubre la fuente de placer de la mujer. Y, desde luego, la poesía que hallo en el amor que le profesa Florentino Ariza a Fermina Daza en “El Amor en los tiempos del Cólera” de Gabriel García Márquez, un amor que tuvo que esperar cincuenta años para ser correspondido.


Y la poesía que hallo en la música, desde luego. Me fascina, por ejemplo, la poesía de “El espejismo de los sentenciados”, “Vesania”, “Naufragio de los océanos” y otras canciones de Daniel F, cantautor heterodoxo, subversivo, iconoclasta. La poesía de, cómo no, “Testamento”, “Cita con Ángeles”, “Llueve otra vez”, “Ojalá”, “Te doy una canción”, “Oleo de una mujer con sombrero”  y tantas otras canciones de Silvio, seguramente el más grande genio viviente de la música. Un poeta. Y la poesía de “Tu parte de adelante” de Andrés Calamaro, aunque suene medio atrevida para los puritanos -como les puede sonar el libro de Cantares- pero que bien uno puede dedicársela a su compañera para toda la vida. Y la poesía de “El tinte de tus ojos” de Frances Cabrel, demasiado triste, demasiado sentida, pero bella. Y cómo no, la de “La quiero a morir” -del mismo Cabrel- una canción que trasmite como pocas canciones la adoración hacia la mujer amada. Y la poesía de varias canciones o pedazos de canciones que dicen lo que quieren decir de una manera sutil o directa, sencilla o elaborada, clara o indescifrable, pero que, al fin de cuentas, es capaz de activar nuestras emociones y sentidos, intelecto e imaginación.

Y la poesía que hallo en el cine, como no podía faltar. Me conmueve, por ejemplo, la poesía de “Blade Runner”, de Ridley Scott, en aquel final bajo la lluvia, en la que un “replicante” -especie de humanoide- demuestra que ama la vida (humana) tanto o más que un propio humano, porque este último suele amar su vida, pero no necesariamente la vida. Sí, en aquel formidable final donde las lágrimas del replicante se confunden con la lluvia (a quienes nos ha pasado, hemos agradecido que la lluvia fortuitamente caiga para cubrir nuestras lágrimas, camuflándolas, escondiéndolas). La poesía que hallo en el también final bajo la lluvia de “Puentes de Madison” de Clint Eastwood (otra vez la lluvia como elemento poético), en la que Robert Kincaid, en un momento memorable de la película, anhela desde su auto -cuyas luces intermitentes en medio de la noche lluviosa marcan cada segundo cargado de grandes sentimientos- que Francesca Johnson deje todo y se quede con él. Y la poesía de “Las Alas de la Paloma”, del cineasta Iain Softley, en la que el amor y la muerte llegan de la manera más inesperada. Y, por sólo enumerar algunas más de una interminable lista, la que hallo en “Solas” de Antonio Zambrano, excelente película española, sentida, cuestionadora; la de “Sol ardiente” de Nikita Mijalkov; la de “La Misión” de Roland Joffé, donde el perdón, la redención y la lucha por la justicia cuestan la propia vida; la de “Danza con Lobos” de Kevin Costner, donde un hombre se da cuenta que no existe cultura, raza o civilización que esté por encima de la justicia; la de “Los Intocables” de Brian De Palma; la de “Cinema Paradiso” de Guiseppe Tornatore, todo un homenaje al cine; la de “La Rosa Púrpura del Cairo” de Woody Allen, mágica y soñadora; la de “Lost in Translation” (Perdidos en Tokio) de Sofía Coppola; la de “Relaciones Peligrosas” de Stephen Frears; la de “La vida de los Otros” de F. H. Von Donnersmarck; la de “Un lugar en el mundo” de Adolfo Aristarain; y tantas otras películas de cine que ahora no menciono, pero que me conmovieron profundamente. El buen cine es una fuente de poesía admirable y, a veces, avasalladora.

Y la poesía que hallo en la historieta. Me fascina, por ejemplo, la poesía de “Concierto en arpa y nitroglicerina”, de “Por culpa de una gaviota” y del final de “La Balada del Mar Salado” como la de tantas otras historias del Corto Maltés, marinero peregrino, idealista y entrometido creado por Hugo Pratt, genio del cómic, a quien admiro desde mi adolescencia. La poesía de “Blue” de Spider-Man, una obra maestra de Sale & Loeb, que me conmueve enormemente y que, lo digo sin vergüenza, humedece mis ojos sin comprender cómo puedo haber leído en una historieta de súper héroes una de las mejores historias de amor del cómic. Me sensibiliza la poesía de “Tito”, una de las historias de “Paracuellos del Jaramá” de Carlos Giménez, uno de mis héroes del cómic, un autor con un enorme sentido del humor y drama y a quien tuve la ocasión de conocer en persona. La poesía de varias de historias de “El Condenado” de Saccomano y Madrafina, las cuales, desde mi adolescencia, me dejaron claro que la buena historieta no tiene nada que envidiar a la buena literatura. La poesía de “Piel de Manzana” y tantos otros episodios de “Precinto 56”, saga policial de Ray Collins & Ángel Fernández, a través de la cual discurre el amor contrariado o ridículo –en el sentido que le daría Milan Kundera- de Zero Galván por Tippy Manix. La poesía que encuentro en “El viento de las desgracias” de la saga de Alvar Mayor, creada por Trillo & E. Breccia, que enfrenta al amor con el destino inevitable de la muerte. Y la poesía de “Arrugas” de Paco Roca, una sensible y triste historia sobre el mal de Alzheimer y la demencia senil, y cómo éstos pueden socavar no sólo la memoria, sino también con ella sentimientos como el amor.


Y, finalmente, la poesía que hallo en la vida misma. En el anhelo de cada día, en los sueños y esperanzas. En la nostalgia. En la sonrisa de la gente amada. En su felicidad. En la amistad. En el olvido y en el recuerdo. En el nacimiento de un niño, en la muerte de un anciano. En lo efímero frente a lo eterno. Pero, sobre todo, en la poesía que hallo en la muerte de un hombre en la cruz, que siendo Rey, todopoderoso, se hizo frágil, vulnerable al dolor, sudor, sed, hambre, rechazo y abandono. Quien por amor a su creación soportó todo ello y se hizo dependiente de una madre terrenal para ser amamantado, alimentado y protegido, pese a ser quien creó el universo. Entonces, como dice una canción de Juan Luis, “que me perdone el poeta, pero toda la poesía la encuentro sobre un madero, y me verso con sus rodillas que riman”…

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